28 Julio de 2011

La última siesta en libertad

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La rabia se une con la melancolía y el llanto: ganas de dar ostias y abrazar amando el cariño, ese cariño que no entiende de leyes. La impotencia me  hace sentirtodo ; saco las garras intentando enfrentarme a ese fantasma que escupe baba, contradicción de su propia existencia.
Me duele la impotencia de mi alma, no soy nada pero lo soy todo.

 

Cuando un muchacho como Jesús está solo y encerrado en un centro de menores bajo unas normas  y una presión inhumanas, necesita que alguien de fuera  le reconozca, le ofrezca unos minutos de respiro, le mire a los ojos y le haga sentir que no está solo. Todas las personas necesitamos a alguien, a esa madre que ama incondicionalmente, a ese hermano mayor que te pone las pilas, a ese profesor  que te enseña lo importante de la vida…, todos tenemos a alguien que nos ayuda a seguir adelante.
Siempre me han hablado de  la importancia que tiene para un muchacho, que te conviertas en una persona significativa, a través de la tarea educativa basada en la relación y el contacto.  Pero no me habían dicho  que  cuando me convirtiera en una persona de referencia, me tacharían de todo.

Mi relación con  Jesús  surgió de la nada, fue casual y poco a poco  se fue llenando de apoyo, confianza, cariño y  respeto, respeto mutuo, un estar presente incluso sin estarlo.
Pero enseguida me avisan del peligro que corro, me alertan de los problemas que puedo tener, me insinúan que mi relación con el chaval es negativa, perjudicial… y mientras, el muchacho me dice: “¡Qué más da lo que piensen!”. Y realmente da igual.
Me daría igual si no fuera porque me ponen trabas para relacionarme con él:  “Como eres una persona importante para el muchacho, no puedes llamarle ni visitarle…”; si no me hiciera sentir como lo que no soy: “Puedes verle en el recorrido  del  recurso (Jesús, por el momento,  está en un centro semiabierto,  por eso por las mañanas sale del centro para realizar unas actividades en una asociación de la ciudad. No sale siempre, porque muchas veces le sancionan por cosas absurdas)  al centro como hacen los chicos con sus novias”; si no viera cómo al chico le influye que yo no pueda hacer nada porque para ellos no soy nadie mientras para él lo soy todo: “Ojalá puedas visitarme, ojalá puedas sacarme los fines de semana, ojalá puedas entrar al juicio…”.
Cientos de ojalas que se quedan en: no puedo, para ellos no soy nadie. Pero cada ojala que sale de sus labios, es una bocanada de aire fresco que me anima  a seguir a su lado, pase lo que pase, digan lo que digan.

Nadie entiende que te preocupes por una persona  sin ser ni familiar ni educadora (y digo educadora de una entidad conocida o políticamente correcta). Nadie entiende que el chico te reclame  por tu persona. Novia, prostituta, acosadora de menores…, todo entra en mentes desquiciadas que intentan obviar la realidad de que soy una persona de referencia  y,  porqué no, una amiga. Son mentes retorcidas que alguna vez quisieron implicarse en la vida de sus chavales pero nunca lo hicieron por miedo. Miedo encubierto luego de profesionalidad que llega a enfrentar el trabajo con la persona; actitudes contradictorias que no dejan conciliar el sueño.

A los profesionales de la educación y lo social no les hace falta tener un título  para apoyar a una persona; lo que hace falta es tener un gran corazón y ser fuerte, muy fuerte para no dejarse arrastrar por los estúpidos pensamientos e inicuos comentarios que como baba escupen los fantasmas de la sin razón.

Fuente: 
CANIJIN
Créditos Fotografía: 
Dabilote. FLICKR
Por: 
Olga Morla Casado

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