Una profesora que llevó a juicio a un alumno porque la miraba mal.

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Me cuentan dos historias que han pasado.
En una, la protagonista es una cría que ha cometido el “execrable” delito de robar dos estuches en su colegio. Me cuentan, y no tengo razones para dudar de quien me lo contó, que por este motivo la “menor” entró en el mundo de la ley, el de la responsabilidad penal del menor.
La otra historia, ocurre en Andalucía. Una profesora llevó a juicio a un alumno porque la miraba mal. Todo comienza el día en que este niño entra en la clase de la profesora, que no era la suya. Ella le dice que salga de su clase, él no la hace caso y la empieza a tirar cosas, supongo que papeles, lápices, etc. La profesora se marcha de la clase, y desde entonces siente cómo este chaval la mira mal.

No hay amenazas, no hay agresiones, simplemente la profesora siente cómo los ojos de este chaval la miran mal.
Yo no sé si esto es lo corriente, pero son dos historias que han ocurrido. La vida de dos menores que se han encontrado delante de sus narices con el mundo de los juzgados, con sus jueces, sus abogados, su policía, sus citaciones. La historia de una sociedad, que ha renunciado a ejercer uno de sus más importantes derechos, una de sus más placenteras obligaciones, transmitir a los más pequeños la sabiduría y la ética de su cultura.
Estas historias y otras, hablan, de que estamos perdiendo la capacidad de conversar con nuestros adolescentes, de educar a los más pequeños. Y una sociedad que no es capaz de enamorar de su historia y sus valores a sus miembros más jóvenes, es una sociedad que se ha traicionado a sí misma.

Creo recordar que cuando yo era adolescente, más de una vez, miré mal a un profesor, por cientos de motivos. Lo que entonces pasaba es que el profesor se sentaba y hablaba conmigo; comentaba la situación, se veía cual era el problema y se ponían los medios para resolverlo. Y si no eran tan enrollados, simplemente me decían que dejara de mirarle mal, que si seguía así no aprobaría en los días de mi vida,  y como sabíamos los adolescentes, que existían unos limites para nuestra forma de ser, los respetábamos.
Sin duda lo sabíamos porque la primera vez que faltó algo de una clase, hicieron con nosotros ese atropello, ese castigo injusto y desafortunado que consistía en no salir al recreo hasta que el estuche que había desaparecido apareciera y estuviera en la mesa del profesor. Y entonces, el chaval que lo había cogido, comprendía que su acción tenía una repercusión en sus amigos, y si no era así se lo hacíamos comprender con un par de collejas.

Entre todos, profes, padres, amigos, nos íbamos enseñando, nos íbamos transmitiendo una forma de ser en el mundo. Y esto ocurría todos los días y nos lo contaban los que estaban cerca de nosotros, y nosotros lo íbamos incorporando a nuestro ser.
Si la primera vez que faltó una goma en la clase nos hubieran dejado salir a todos al patio y una vez allí, un policía hubiera entregado a uno de nosotros una citación para un juzgado de menores, ninguno de nosotros, los que éramos de esa clase, hubiéramos aprendido nada.

Estamos delegando nuestro derecho y obligación a educar en una maquinaria oscura y extraña a nuestras vidas. No sabemos cómo hablar con un chaval, no sabemos estar a su lado, explicarle que existen normas de convivencia, conviviendo, que  hay unos valores básicos que todos debemos respetar, respetándolos.
Nos falta recuperar la capacidad de estar ahí, en el lugar donde ellos saben que nos van a encontrar. Podemos aprobar leyes, reglamentos y reformas de leyes. Pero la transmisión de la cultura siempre se hizo de cercano a cercano, siempre se hizo compartiendo la vida.
Y eso es a lo que estamos renunciando, a compartir la vida con nuestros adolescentes, y creemos que un par de leyes solucionarán el problema que crea nuestra dejadez.
Viendo esta realidad, creo que la sociedad ha fracasado en lo fundamental, aunque nos queda la esperanza de los que aún apuestan por pasar largos ratos al lado de otro.