04 Agosto de 2011

Necesidades, derechos e intereses

Destacado: 

Los llamamientos al miedo al diferente, al rechazo del otro, la incitación a la venganza, a la cronificación del odio o la instalación en la posición crónica de víctima resultan peligrosas y constituyen el último escalón del paso de un régimen formalmente democrático al totalitarismo

JUSTICIA CRÍTICA III
La Justicia consiste en asegurar a cada cual la satisfacción de sus necesidades: aquello que cada persona precisa para vivir dignamente.

De este modo, el concepto de “necesidad” se convierte en un principio que ayuda a discernir lo justo de lo injusto y, por consiguiente, separa el buen Derecho del mal Derecho, el que debe ser obedecido de aquel que exige rebeldía.

Los Derechos Humanos son, en ese sentido, la justa respuesta a esas necesidades humanas básicas. Por eso son inviolables, universales, inalienables, irrenunciables e imprescriptibles.

Convendrá aclarar que, además de “necesidades” y “derechos” satisfactores de esas necesidades, los seres humanos también tenemos “intereses”. Estos son muy respetables, pero no son dignos del mismo nivel de protección jurídica que las necesidades. En caso de conflicto entre ambas categorías, inequívocamente deben sacrificarse los intereses a las necesidades. En otro plano inferior, los “deseos” son infinitos y personalísimos, merecedores de respeto, pero difícilmente tienen traducción jurídica y, desde luego, nunca pueden tener primacía sobre las necesidades, los derechos humanos o los intereses legítimos. Aclarar estos términos fuertemente jerarquizados no es irrelevante.

Ante la necesidad de sobrevivir y llevar una vida digna no se puede alegar el interés nacional, ni mucho menos el particular de nadie. Son valores de distinta y muy desigual naturaleza. Hay un nivel pre-jurídico que sirve para determinar la moralidad de una norma. Éste consiste en ver  si la norma realmente satisface necesidades de las personas o, por el contrario, las asfixia. En este último caso, cuando se sofocan las necesidades, los deseos -por muy mayoritarios que sean-  y los intereses- por muy legítimos que  resulten- jamás pueden prevalecer sobre las necesidades de las personas. Conviene señalar que las necesidades son básicamente las mismas para todos, son objetivas y tienen carácter universal. Igualmente son también determinadas y finitas. Por el contrario, los deseos y los intereses son subjetivos, caprichosos y particulares: cada cual tiene los suyos y eso es también respetable. Por consiguiente, primero se han de asegurar las necesidades, después se cubrirán los derechos y sólo después, en la medida en que se pueda, se colmarán los intereses y los deseos.

Todo esto puede parecer muy teórico y farragoso. Sin embargo, es muy importante clarificarlo: permite discernir cuándo estamos ante un Derecho justo o ante uno manifiestamente ilegítimo.  Algún ejemplo concreto ayudará al lector a entender la importancia de lo que estamos apuntando.

En el año 2003, el PP y el PSOE endurecieron tanto el Código Penal que hemos ido creciendo a una tasa de 540 presos más al mes en todo el Estado español a lo largo del año 2008. No me resisto a señalar que el incremento es tan brutal que supone el doble del año anterior: 256 presos nuevos al mes en 2007. Desde luego, afortunadamente los delitos no crecieron, ni de lejos, a ese ritmo alocado que desvela la sobreutilización de la medida de prisión. A esa velocidad se precisaría la construcción de una macro-cárcel cada dos meses.

En este contexto de gigantismo del sistema penal, se retocaron en el otoño de 2003 los delitos contra la propiedad intelectual. Así, fruto de las demandas de los grupos de presión y de sus “intereses” y “deseos”, se estableció que se impondrían penas de hasta 2 años de cárcel a los que atentasen contra estas nuevas formas de propiedad sin distinguir entre las grandes redes organizadas y quien sobrevive en la calle vendiendo un CD pirata. Este último, el llamado “mantero” o top-manta ha acabado ingresado en prisión por el simple hecho de tener montado el tenderete en la vía pública.

El Derecho penal va derivando por la misma peligrosa estela: se pide la cadena perpetua -ya en vigor en bastantes casos, aunque la población lo ignore- o la eliminación de las pocas trazas humanizadoras que subsisten en la legislación criminal. Siguiendo la ley del péndulo, las víctimas han pasado de ser las grandes olvidadas del sistema penal (no se satisfacían sus “necesidades”) a pretender ser las directoras de su política criminal (mediante la expresión de sus “deseos”). Su dolor es absolutamente comprensible, pero no torna en legítimas todas sus aspiraciones. En un juicio reciente, la madre de una víctima con que más que comprensible enojo espetó al magistrado presidente: “¡cómo se nota que a usted no le han violado a una hija!” Con comprensión y serenidad, el juez respondió:”señora, precisamente por eso puedo juzgar con imparcialidad. En otro caso, sentiría lo que usted y no podría ocupar este puesto”.

Es en estos contextos cuando se hace preciso recuperar una visión fuerte de la clásica virtud de la Justicia, entendida como Justicia Crítica, repensada desde los que padecen la injusticia, será capaz de articularse en su vocación auténticamente universalista.

Los llamamientos al miedo al diferente, al rechazo del otro, la incitación a la venganza, a la cronificación del odio o la instalación en la posición crónica de víctima resultan peligrosas y constituyen el último escalón del paso de un régimen formalmente democrático al totalitarismo. Sin duda, en los próximos años estas cuestiones van a ser la bandera discutida. El posicionamiento de cada cual en esta sensible materia va a marcar la diferencia entre los  seres humanos a la hora de valorar su calidad personal. Ya no tendrá tanta relevancia si una persona es de derechas o de izquierdas, religiosa o agnóstica, conservadora o progresista. Las personas serán acogedoras de la diferencia  o repudiadoras de la misma, conscientes de la aportación que el otro realiza a nuestra vida o cerrados al otro, valedores de las posibilidades de un encuentro mutuamente enriquecedor o militantes del alejamiento del distinto, permeables a lo inéditos o adheridos a lo dado, audaces y capaces de soñar otro mundo distinto o vanamente emperrados en sostener lo que devendrá insostenible, capaces de dialogar y perdonar o enceladas en lo dialéctico y enquistadas en el odio. En definitiva, habrá que optar entre ser compulsivos constructores de muros que nos fortifiquen y cierren nuestra identidad o afanosos levantadores de puentes hacia el “otro”.

 

Fuente: 
CANIJIN
Créditos Fotografía: 
Flickr
Por: 
José Luis Segovia Bernabé

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